Históricamente se ha generado una
desaprobación social en cuanto a la discapacidad de manera trasversal a
todos los ámbitos de la vida. Su denominación (dis-capacidad) es concebida a
partir de la idea que se tiene de “normalidad” que funciona como parámetro de
medición entre lo normal/anormal, como de ideología legitimadora de relaciones
de asimetría y desigualdad. El otro “diferente” funciona como poseedor de las
“fallas” dónde a diario se encuentran con barreras que los discapacitan aún
más, en este caso, las limitaciones son generadas por el entorno que los rodea
y que acaba por ser contraproducente para un otro, asumiendo de este modo que
su calidad de vida es mala, y siempre lo será.
Pensar la discapacidad desde otro
lugar (que no sea concebida desde una limitación o déficit) nos permite poner la
mirada, no en eso que se piensa diferente, sino más bien en las diferencias que
a diario nos constituyen como humanos. Entender que estamos hechas de ellas,
aceptarlas, tomarlas como desafío para mejorarse y potenciar las capacidades al
máximo.
Son múltiples las barreras que
pueden dificultar el desempeño de una persona con algún tipo de discapacidad,
limitando de esta manera la participación en las actividades comunes y de la
vida cotidiana. El uso de las TIC por ejemplo, desde un enfoque inclusivo,
atendiendo a la diversidad, tiene a su vez como objetivo y finalidad fortalecer
y potenciar las capacidades en personas que posean algún tipo de discapacidad.
Cabe destacar que en algunos casos mejora y hasta posibilita la comunicación,
mejora los procesos de aprendizaje, garantiza el acceso a la información que
colabora promoviendo la igualdad. Además, bien utilizadas, en el contexto
apropiado, pueden convertirse en una fuente de recursos que mejore la calidad
de vida de una persona.
La entrada de las TIC no solo
supone una “revolución” didáctica y/o metodológica sino que sumerge a
los alumnos en un sinfín de posibilidades con respecto a todo lo que se puede
descubrir, crear, aprender, utilizar, etc. Aquí es donde el docente pasa a ser
un guía acompañante/facilitador dejando de ser “la voz cantante”, pero para que
esto suceda, en palabras de Inés Dussel, el ambiente debe tener siete
características, debe ser activo, constructivo, colaborativo, intencional,
conversacional, contextualizado y reflexivo.
"Lo importante no es la tecnología, sino lo que tus alumnos puedan hacer con ella”. Jordi Adell

